Flammarion (Klaus van der Kroft)

(Klaus van der Kroft)
“Incontables viajes me dan la razón cuando os digo, gentiles señores, que hay dos cosas que puedo aseverar con absoluta certeza sobre este mundo: Primero, que sus cimientos son tan frágiles y etéreos como una nube. Y, segundo, que si esperáis el tiempo suficiente, alguien tendrá la genial idea de hacerlos añicos solo para dar testamento de su capacidad de realizar tamaña estupidez, y de paso disfrutar del espectáculo. El mundo se está desvaneciendo, señores, y no hay nada que podamos hacer para evitarlo” – Emile de Flammarion

Cuando Emile de Flammarion enunció aquellas palabras ante el pleno del Collegium Mundificorum, reunido aquel entonces con motivo de su más reciente travesía a los confines del mundo -que más tarde sería bautizado con su nombre-, la tensión en el ambiente era tan palpable como el mármol que componía el espacioso anfiteatro en que se encontraban. Y es que sus comentarios no caían del todo bien entre los cientos de mundífices ahí reunidos, en buena medida por que pocos podían llamarle mentiroso e irse a dormir tranquilos, y quienes podían probablemente eran ya demasiado tercos como para aceptar lo que sabían, mucho menos para tomarse las palabras de explorador con humor.

Lo cierto es que el frágil mundo había comenzado a ceder, y el precario equilibrio que, contra todo pronostico, lo había mantenido en pie por mas tiempo del que le correspondía ya no era algo en lo que se pudiese confiar. Sin embargo, los mundífices debían mantener la compostura, incluso en tiempos como aquellos; no era precisamente una actitud de pánico ante el colapso inminente del universo lo que les había permitido llegar a donde estaban. Ellos habían logrado mantener al mundo en pie por tantos siglos, ¿Quién era este hijo de campesinos para venir a decirles que hacer y que no?

“¿Atrapado? ¡Hah! Si creen que Gaston d’Alecart puede ser arrinconado como una rata, probablemente siquiera sepan donde están sus propias narices. ¡Rápido, mi señora, al espejo! Tenemos una corona que recuperar” – Gaston d’Alecart

Los reflejos son más que meramente el eco de una imagen; existe todo un mundo que florece cada vez que un artesano finaliza de pulir un espejo y se marchita cada vez que uno se rompe. Este sitio, conocido como el Imperio de los Espejos, es un lugar tan extraño e inquietante que hace falta una clase especial de locura para atreverse siquiera a poner un pie en el. Y estos locos, entre los que él siempre dramático Gaston d’Alecart se cuenta, son conocidos como Domadores de Espejos, hombres y mujeres que, sacudiendo sus látigos y martillos de cristal, pueden usar cada espejo como una puerta, para entrar o salir, viajando enormes distancias en tan solo unas cuantas zancadas. Claro, es un problema cuando algo mas decide seguirles, pero ese es un riesgo que están dispuestos y al menos una vez en sus vidas obligados a aceptar.

Todos los espejos son puertas al Imperio; o quizás más bien ventanas, ventanas cerradas, pues no están realmente abiertas. Las imágenes pueden discurrir de un lado a otro, pero ni las personas ni ellos, los Extraños, pueden moverse libremente a través. Para entrar es necesario romper la barrera que mantiene a ambos mundos separados (¿para mantener a quien fuera de donde?, se preguntan algunos). Para lograr esto, cada Domador porta un látigo de cristal, cuyo delicado aspecto queda rápidamente desmentido cada vez que es utilizado para cortar a un hombre en dos. Y muchos hombres serian cortados en dos si no fuera por el temor de los Domadores a romper accidentalmente barreras que después no puedan cerrar. En fin. Romper la barrera es la parte fácil. Qué es lo más difícil suele ser materia de discusión. Para algunos, son las nauseas provocadas al saltar a través del espejo; para otros, es la curiosidad de mirar que hay del otro lado y quedarse embobados ahí por el resto de sus vidas. Lo cierto es que una vez abierto, más le vale al Domador hacer buen uso del espejo, o de lo contrario acabará metido en una batahola de problemas.

¿Qué hay del otro lado? Pues reflejos, claro. Aunque no del tipo que estamos acostumbrados. Verán, el Imperio de los Espejos está construido con aquello que se cuela por sus ventanas: El interior del cuarto de una dama, el salón de baile de algún señor, el viejo ático de una casa donde se guarda un polvoriento espejo y los dos o tres arboles que se alcanzan a ver entre las ranuras de la techumbre. Es un sitio bastante incompleto, con partes y mitades de las cosas, donde un lado existe y el otro puede que no, con habitaciones, jardines, paisajes y el interior de baúles que parecen flotar en la negrura de una inmensidad inmaterial. Y habitando todo esto, claro, están los Extraños. Nadie sabe que hacen ahí ni desde cuando lo están, solo que los reflejos los atraen como el fuego a las luciérnagas. Porque, a saber, una cosa es el reflejo de una mesa o de una roca, y algo muy distinto es el reflejo de una persona. El intérprete que se empolva la cara antes de la función no se está viendo a sí mismo en el espejo, sino que a uno de ellos. Y al igual suyo los Extraños saben cómo llevar a cabo un papel, con mayor precisión que hasta el mejor de los virtuosos de las escuelas de Cilgari, lo que alguna vez llevo a don Pedro de Barberonte a decir “Para alguien que ha viajado a través del Imperio de los Espejos, se vuelve difícil discernir quien es realmente quien. Sé que fui quien entró, ¿pero estoy seguro que fui quien salió?”.

“Calma, no hay necesidad de revelar tanto; mientras menos sepan, mas tranquilos estarán. Quizás no lo digan de manera expresa, pero no es difícil notar que preferirían ignorar el problema por completo y dejarlo en nuestras manos. Al igual que incontables generaciones antes que ellos, mientras las cosas parezcan funcionar a su modo, no se esforzaran en llegar más lejos. Remitíos a darles lo que realmente quieren oír: Buenas noticias” – Mundifex Maximus Cornelius IV

Según enseña la doctrina del Collegium Mundificorum, tras el velo de la realidad aparente existe un infinitamente complejo sistema que regula la naturaleza de las cosas, una verdad ulterior que contempla todo lo que ha ocurrido y puede ocurrir. El antiguo filosofo Scipianus de Pirastes, inspirado en los extraños juguetes mecánicos populares en aquel entonces su ciudad natal, llamó a este sistema el Mecanismo Celestial, explicando como todo en el universo ocurre en ciclos interrelacionados que se repiten una y otra vez, resultando en que cada evento individual es simplemente una reinterpretación de algo que ya ha ocurrido alguna vez y que volver a ocurrir. Lo que cambia es la forma, más nunca el fondo, y todas las posibilidades están ya contempladas por el Mecanismo. Para Scipianus, la complejidad de este sistema –que en sus grabados aparece representado por ruedas y péndulos de los cuales penden el mundo y los astros, las estaciones y los años, en ciclos que se repiten perpetuamente- sería demasiado grande como para que la mente humana pudiera comprenderlo, y que solo los dioses son capaces de manejar sus infinitas partes y variables. Indica que el hombre solo entiende parte del Mecanismo, y que la evidencia de esto son cosas como la noción del tiempo o la filosofía. Sin embargo, Scipianus recalca que incluso los propios dioses no logran ver al Mecanismo Celestial en su totalidad, razonamiento que utilizó para explicar la multiplicidad de deidades reverenciadas en su tiempo. Esta misma línea de pensamiento lo llevo a teorizar sobre un dios absoluto, responsable de la creación del Mecanismo, a cuya contemplación dedicó sus últimos años.

El Collegium admite parte de la obra de Scipianus como cierta, pero desestima sus declaraciones sobre la “infinita complejidad” del Mecanismo Celestial. En cambio, su doctrina enseña que, si bien fuera del alcance del común de los hombres, el Mecanismo puede ser entendido e incluso controlado por los medios adecuados. Enseña que, en efecto, alguna vez los dioses de los hombres antiguos dominaron al mundo por medio de su control del Mecanismo, pero que tras el Deicidio este control fue traspasado a manos mortales. Desde entonces, han sido los Mundífices los responsables de interpretar los signos que dan cuenta del Mecanismo Celestial y, por medio de las sagradas Hematomáquinas, realizar la tarea que alguna vez el hombre delego en los dioses. Los vientos, las estaciones, las cosechas, incluso la vida y la muerte, el Collegium enseña como en todas estas cosas es el hombre quien puede y debe llevar el control, no entidades supraterrenas que, en su total desconexión con el mundo mortal, alguna vez lo utilizaron para sus propios intereses.

Por supuesto, no todos están de acuerdo, y hay quienes sospechan que Scipianus no estaba del todo equivocado al decir que el hombre jamás sería capaz de comprender al Mecanismo Celestial en toda su envergadura. Después de todo, una de sus más famosas citas se vuelve especialmente inquietante a la luz de los eventos que han venido sacudiendo al mundo durante el último par de siglos, el cual desaparece trozo a trozo “Recuerdo el caso del niño jugando con aquella maquina construida por Belanus para llevar agua a su cosecha: Su padre, quien sabía utilizarla como el constructor de ella que fue, lograba que grandes cantidades del líquido fluyeran desde el rio, resultando en arboles grandes y de frutos dulces. Mas aquel año en que murió en batalla, el niño, obligado a tender de la cosecha, hizo uso del mismo, solo para darse cuenta de cómo los arboles se marchitaron y dieron frutas débiles y amargas. Creyéndolo roto, no cayó en cuenta como al repararlo destruyó la pieza más importante, para luego ver como el caudal disminuyó hasta que todos los arboles se secaron”.

“¡Se que me oyes, viejo pedazo de leña! El mar se precipita hacia el vacio a no más que el tiro de piedra de un mocoso; no sé si recuerdas que ocurrió la última vez que pasamos de largo. ¿Padre? Muy bien, si así lo quieres… ¡Señor Cavaldi, préndale fuego al mástil de popa!¡Moriremos de todas maneras si este barco no sale de su rabieta!” – Capitan Sergio de Orzález

¿Barcos que vuelan? Quizás unos cientos de años atrás lo habrían dicho una locura. Pero, ¿barcos que vuelan y hablan? Incluso para estos días cuesta acostumbrarse a la idea. Y es todo gracias a las Hematomáquinas. Claro, los Mundífices las erigieron para controlar el mundo y hacer que llueva cuando tiene que llover y todo eso, más nadie dijo que no se podían usar para otras cosas. Después de todo, ellos ni siquiera las inventaron. Fueron esos deschavetados sujetos de aquella isla que cuelga del borde de los mares, ahí donde ahora no cabe otro pirata.

El proceso es simple, en realidad: Alguien muere –o lo “mueren”-, viene uno de estos hombres con lámparas de colores y frascos de cristal, y le saca hasta la última gota de sangre. Cual pasas quedan los pobres. Luego toman la sangre, la colocan dentro de una Hematomáquina, y listo; el barco cobra vida. ¿Qué no puede ser tan simple? Bueno, si no les gusta esta versión, allá ustedes. Es lo que he visto y no soy de quienes va y pregunta todo lo que ve. Solo sé que tras todo esto hasta los barriles quieren conversar contigo; al mascaron de proa le cambia el rostro y le surge carácter. Ah, claro, y el barco aprende a volar. Eso sí que no se cómo funciona. Algo sobre “vientos celestes” y esas cosas. Mientras nos mantenga navegando sobre las nubes del Nimbo y no bajo estas, no necesito saber más.

“Elevad el Cetro de las Seis Armonías Sordas y sacudid los incensarios. ¿Estáis todos ataviados en las Túnicas del Resguardo Sempiterno, y os habéis colocado el Agua Aromatizada de Ibn’Kafah? Bien, si deseais más, mi asistente os puede entregar un vial adicional por una módica contribución al final de la sesión. Ahora podemos comenzar… un momento. ¿Maestre Tortelac? Recuerde que usted se encuentra en el Tercer Circulo de la Contingencia Astral, no en el segundo. Vuelva a su lugar, o de lo contrario el ritual no funcionará. Fesset, enciende los Candelabros Refulgentes de la Iluminación Imperecedera y colócalos en el centro. Comenzaré con la primera lectura…” – Timeratus, Hermano del Ojo Volteado

Aquellos capaces de develar los secretos guardados por los misteriosos seres que habitan en el Imperio de los Espejos se llaman a si mismos Videntes del Ojo Volteado, Adivinos de los Inadivinable, Conocedores de las Quince Palabras Mudas, Escudriñadores de los Mil Espejos de Varlonna y Aquellos Que Hablan Con Quienes Nada Dicen, aunque el común de las personas, menos dada a la verborreica fastuosidad que caracteriza a los practicantes de este arte, prefiere llamarlos Manifestantes.

El Saber Volteado es un método de adivinación que utiliza espejos –y a las inquietantes siluetas que se mueven en lo profundo de sus reflejos, los Extraños- para descubrir que ocurre en otros sitios. Un Manifestante puede llamar a un Extraño y obligarlo a manifestarse –de ahí su nombre- en un espejo u otra superficie capaz de crear un reflejo, haciéndole creer que se encuentra frente a otro individuo; esto mostrará al Manifestante el reflejo de aquella persona en su propio espejo, pudiendo de esta manera observarle sin importar donde esté, siempre que se encuentre en las inmediaciones de una superficie que pueda reflejarle. Para llamar a un Extraño, es necesario que el Manifestante utilice una de las Quince Palabras Mudas descubiertas por Galianus el Primer Vidente de Aquellos Que Por Gloria Suya Estarían Por Venir –solían ser diecinueve, pero cuatro de ellas han dejado de funcionar por razones desconocidas, aunque hay quienes temen que los Extraños hayan aprendido a ignorar su poder-. Estas palabras, que no consisten realmente en palabras sino que en entonaciones silenciosas, tienen un efecto sobre los Extraños que los compele a obedecer; nadie sabe realmente por que, y no se conoce de nadie al que Galianus haya explicado las razones antes de su muerte. El nombre de este arte proviene del hecho que las imágenes mostradas en el espejo aparecen desde la perspectiva del Extraño: Volteadas. Un Manifestante debe ser sumamente cuidadoso a la hora de interpretar lo que ve, ya que errores tan pequeños como haber confundido la mano mostrada por la imagen han bastado para iniciar guerras.

El Saber Volteado es el mas reciente de los Artes Maravillosos en adquirir el estatuto de tal; toda su tradición se remonta a no mas de medio siglo, cuando Galean d’Orvec –verdadero nombre de Galianus- diera a conocer sus secretos ante la corte de Arvagnac. Esta corta edad, sin embargo, no ha impedido que los Manifestantes desarrollasen una de las escuelas mágicas mas rimbombantes y elaboradas de Flammarion, con rituales y ceremonias que usualmente tardan horas en siquiera pasar de la fase de iniciación, dotados de títulos tan extensos como carentes de significado y vistiendo ropajes de una complejidad de confección casi empalagosa, todo fruto de alguna clase de complejo de inferioridad y de la enorme riqueza que la Serena e Iluminadísima Hermandad del Ojo Volteado ha logrado amasar entregando sus servicios a nobles, mercaderes y rufianes por igual, solo para luego extorsionarlos con la información que han obtenido de sus propios clientes. Caso ejemplar es el de la ciudad estado de Verezzano, donde el magistrado, agobiado por las deudas contraídas con el Ojo Volteado tras utilizarlo para espiar los amoríos de sus muchas cortesanas, ordenara la destrucción de todos los espejos de la urbe. En cambio, la ciudad de Arvagnac es famosa por, entre otras cosas, no tener una sola habitación carente de ellos.

El Saber Volteado no debe ser confundido con las practicas de los Domadores de Espejos, quienes han sido recientemente declarados ex legis por el Collegium Mundificorum y como tales prohibidos de desarrollar su arte, so pena de ser acusados de brujería. Los Manifestantes limitan su relación con los Extraños exclusivamente a obtener forzosamente información del mundo ubicado de este lado de la barrera, y jamás se aventuran dentro del Imperio de los Espejos; Galianus fue especialmente enfático en recalcar que nadie que pronunciase alguna de las Palabras Mudas podría visitar aquel lugar y regresar con vida. Con la tendencia de los Domadores de Espejos a dejar libres a Extraños –o Tribuladores, como se conoce a los Extraños que han entrado al mundo real-, no es de extrañarse que haya sido justamente la Hermandad del Ojo Volteado la más interesada en detener dicha practica de una vez por todas, haciendo uso de todas sus influencias sobre el Magisterium para ilegalizarla.

Siglos atras, en algun lugar de Sheffar

“¡Abdullah, por todas las dunas de Abshul, apresúrate! ¡Los Reyes no estarán despiertos por mucho tiempo!” El anciano alquimista se frotaba inquietamente las manos. Esta era su primera vez sirviendo a los Reyes Magos, y ciertamente esperaba que no fuera la última.

El joven aprendiz se secó el sudor de la frente antes de levantar la ornamentada bandeja de plata sobre la que descansaban los humeantes líquidos decantados por su maestro. Un paso en falso, y ni siquiera tendría tiempo para lamentarlo. Mercurio de Soria, azufres del Fandesmos, gemas pulverizadas de Sharsum y magnetos fundidos de Árcega. Lo que sea fueran esos ancianos a hacer con ello, bien debía valer la pena las penurias sufridas para conseguir tales rarezas. Ya no se veían muchos mercantes por estos días, no tan profundo en el desierto.

Con un respiro hondo, levantó la bandeja y se encaminó fuera de la tienda. Las arenas aun estaban tibias tras el calcinante día, aun cuando el sol era poco más que una ola de bronce hundiéndose en el horizonte. Haciendo uso de una gracia que solo alguien de su menuda contextura podría ostentar, Abdullah recorrió rápidamente el trecho que lo separaba de la inmensa tienda escarlata donde los Reyes Magos esperaban su llegada.

Se detuvo en seco al ser recibido por un corpulento hombre de piel tan cobriza como la armadura que llevaba puesta, casi dejando caer la bandeja en el proceso. El sujeto, alguna clase de guardián, dio una rápida mirada a su carga, y con un ademán le dio la pasada.

Aunque a todas luces se trataba de una tienda grande, Abdullah habría jurado que el enorme espacio de alfombras, almohadas y pendones al que había entrado era demasiado amplio como para estar contenido entre esas lonas. Probablemente los vapores del mercurio le estaban provocando alucinaciones. El guardián le indicó que colocara la bandeja sobre un banquillo cercano, lo que hizo raudamente para luego retirarse en un torpe intento de reverencia a las eminencias que, aunque fuera de su campo de visión, podía sentir con toda claridad.

Una seca y temblorosa voz surgió de entre las cortinas de seda una vez se hubo retirado el muchacho “Hashim, ¿está todo en su lugar?”, preguntó.

El aludido, un rotundo y barbudo hombre de finos ropajes púrpuras y dorados, se apresuró a remover los cortinajes, revelando cinco figuras recostadas sobre mullidos cojines, cuyas inmensas túnicas, adornadas con los dibujos de constelaciones y simbología astrológica, los hacían mimetizarse con la opulencia circundante. Sobrenaturalmente largas barbas de un impecable blanco cubrían buena parte de sus rostros, y la poca piel expuesta estaba llena de profundas arrugas y resecas yagas. Sin embargo, sus ojos brumosos daban testimonio de los siglos que habían visto pasar, y el audaz brillo que los iluminaba en este particular ocaso bastaba para dejar claro que su ceguera para con el mundo terrenal era la causa inevitable de mirar de frente el fulgor de los divinos.

Hashim realizó una profunda reverencia ante los ancianos “Todo esta preparado, mis señores. El sol desaparece en el horizonte y las estrellas están prontas a perforar el cielo”.

“¿Y las arenas?” Susurró otro de los Magos “¿Que dicen las arenas?”.

El hombre miró de reojo los colosales relojes de arena colocados en un costado de la tienda, llenos de las mas singulares sustancias, algunas de las cuales incluso caían hacia arriba “Las Nueve Dunas de Ish avanzan con premura; se mueven, por primera vez en quince años”.

El anciano reveló una precaria sonrisa “Entonces los signos son auspiciosos. Ya lo presentía; hace días que mi vista se vuelve mas clara… el cielo se coloca en su posición. Hoy sabremos el camino”.

Hashim no podía evitar sentirse emocionado. Si los Reyes Magos estaban en lo correcto y lograban su cometido, este podría ser el fin a casi siete siglos de éxodo y desesperanza bajo el yugo del Maestro de las Lamparas. Ya quedaban pocos que guardaran fe en aquella añeja profecía, pero quizás, después de todo, el desierto si tenia fin, y el castigo que han venido soportando por incontables generaciones acabaría. Y volverian por su pueblo, aun cuando se adentrasen más allá de los dominios del sol y les tomara siete siglos más el cruzar la penumbra.

Todo eso, claro, si las estrellas hablaban con claridad esta noche….

“¡Casi lo tengo! Solo debo revisar la pagina número setecientos cincuenta y tres… ah, aquí está… sacudir el cetro dos veces en contra de las manecillas del reloj y… ¡Eh, adonde vas! ¡Vuelve aquí, condenado libro!¿Dientes? No recuerdo haberte dotado de dientes… oh, maldición” – Ultimas Palabras de Fildus, Tirano

Precisos y metódicos, versados en astronomía, matemáticas y alquimia, quienes practican el Portento controlan las impredecibles fuerzas de la Magia por la vía de la lógica y la razón. Son conocidos como Tiranos, encadenando este salvaje poder en el interior de sus voluminosos grimorios, creando laberintos de complejos símbolos y geometrías imposibles en los que incluso la Magia se pierde, donde cada mancha de tinta es una llave y cada espacio en blanco una cerradura.

Para un Tirano, la Magia es una bestia que debe ser domesticada. Si es dejada libre y a su antojo, se comportará de manera primitiva y destructiva, sin significado, jamás llegando a aprovechar su verdadero potencial. El Portento, que es el encausamiento de las fuerzas mágicas por la vía de instrucciones y patrones lógicos, es el estado natural de la Magia; resultado de la energía residual liberada por el Mecanismo Celestial, su paso por el mundo material la enturbia y desordena. Y son los Tiranos, con su inigualable compresión de las leyes de la naturaleza y el cosmos, quienes están capacitados para devolverle su sentido originario y controlarla con la soltura de un domador.

O cuando menos es lo que les dicen al iniciar su aprendizaje.

Lo cierto es que el Portento es un arte extremadamente peligroso. Por siglos los Tiranos han intentado esclavizar a la Magia, y por siglos se han visto enfrentados a una voluntad imposible de suprimir. Desde los orígenes del arte, cientos de años antes de la formación de las academias y escuelas modernas, cuando los Tiranos no eran mas que ancianos huraños encerrados en sus desvencijadas torres, han estado trenzados en una lucha con las fuerzas que intentan controlar, manteniendo una especie de delicado empate que ha demostrado tener una apabullante tendencia al desastre. La Magia, simplemente, no quiere ser estructurada, ordenada, dotada de sentido ni mucho menos encerrada en textos más grandes de los que un solo hombre pudiera cargar. El Portento es más bien, como lo llamara el dramaturgo Toulland, “Un cerdo salvaje en traje de rey. No muy distante, por dentro o por fuera, de su símil de dos piernas, y tan proclive a la cólera animalesca como el mejor de nuestros nobles monarcas”.

Aun cuando la esencia caótica e impredecible de la Magia juega un rol importante, parte de la delicadeza del Portento puede ser achacada a la gran dependencia que tienen los Tiranos de sus instrumentos. Profundamente arraigada en su tradición y por lo tanto indiscutible al punto de ser dogmatica, la utilización de las Claves forma parte de todo proceso efectuado por un Tirano para atar o desatar un Portento. Báculos, esferas de cristal, discos astronómicos, prismas, amuletos numerados, pergaminos y cuanto otro instrumento se pueda imaginar ha sido en algún momento utilizado por un Tirano para encausar sus Portentos, llegando a extremos tan absurdos como fuera el caso de Orcestus el Tintineante, quien muriera en el incendio de su palacio luego de que sus sirvientes fueran incapaces de levantarlo debido al enorme peso de los incontables artilugios que llevaba sobre si. Fue el, de hecho, quien dio paso al dicho “La categoría de un Tirano puede ser adivinada por el ruido de su indumentaria”.

Pese a todo, los años de estudio y el enorme riesgo que involucra cada Portento, el arte no viene sin su recompensa. Los Tiranos se sitúan entre los individuos más temidos y respetados de Flammarion, gozando en algunas localidades de incluso más renombre que los Mundífices, aun cuando su arte tienda a volverlos algo paranoicos y recelosos con el pasar de los años. Muchos Tiranos pertenecen a familias nobles; algunos Fili Dei se cuentan entre sus números, aun cuando el Collegium hace lo posible por desincentivar esta práctica, tanto por los extraños efectos que el Portento parece tener sobre el Cruor, como por el elevado peligro de muerte que rodea a cada Tirano.

Es el poder, sin embargo, y no el respeto, el que tienta a algunos a adentrarse en este arte. Los Tiranos son capaces de traer al mundo maravillas tan sorprendentes como temibles, revolviendo la materia y dando vuelta los elementos de adentro hacia fuera. Pueden manipular la luz, el espacio, la forma y el peso, hacer que el hielo arda y estar en dos lugares al mismo tiempo. Fue justamente el sano temor que los Mundífices tienen hacia este poder lo que llevó al Collegium a regular su práctica durante el segundo reinado de la casa Barberacg, introduciendo cancilleres en las academias tiránicas y declarando brujos a todos aquellos Tiranos que se negaran a ser supervisados, los que no fueron pocos, desatando el terrible conflicto que extinguió al linaje de los Fortenazzi y dejó a la familia reinante incapaz de legar descendencia.

(To be continued?)

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